Regresar

Acto de apertura del

CONGRESO LATINOAMERICANO Y CARIBEÑO

 POR LA INDEPENDENCIA DE PUERTO RICO

 Palabras inaugurales de

Martín Torrijos Espino

Secretario General del PRD

 

Queridas amigas y amigos latinoamericanos y caribeños,

Apreciadas hermanas y hermanos puertorriqueños:

Reciban, en nombre del pueblo panameño una cálida bienvenida, y en particular de los militantes del Partido Revolucionario Democrático, una cálida y fraternal bienvenida.

Llegan en un momento especial para Panamá: hace apenas tres semanas se aprobó, por abrumadora mayoría ciudadana, la ampliación del Canal mediante un tercer juego de esclusas. Y la semana pasada, también por una amplísima mayoría de la Asamblea General de las Naciones Unidas, Panamá fue elegida en representación de América Latina y el Caribe, como miembro del Consejo de Seguridad para el periodo 2007-2008.

Son dos expresiones de un mismo destino: el concurso de voluntades para llevar adelante grandes causas. La región se vuelve más competitiva con un canal ampliado, y América Latina y el Caribe ganan cuando pueden presentar ante un foro mundial una posición consensuada.

Sí. Panamá ha tenido una mención constante en los medios informativos internacionales y confío en que otra vez volverán la mirada hacia aquí, ahora que se trae al tapete, en un cónclave internacional de extraordinaria representatividad, la independencia de Puerto Rico.

La plena incorporación de Puerto Rico a la familia de las repúblicas latinoamericanas y caribeñas, tiene más de un siglo de estar presente en el discurso de casi todas las tendencias ideológicas y políticas de nuestra América.

Hace ya 23 años que este asunto se reitera en las resoluciones del Comité Especial de la Organización de las Naciones Unidas para eliminar el colonialismo. En el presente año, tal como en los anteriores, la resolución de la ONU sobre el caso de Puerto Rico volvió a adoptarse por consenso, es decir, sin oposición ni reservas de ninguno de los Estados miembros, lo que también significa que sin oposición ni objeciones norteamericanas.

El punto es que por un siglo nuestras aspiraciones sobre la independencia de Puerto Rico han sido parte de una deuda moral y cultural que se remonta a Simón Bolívar y José Martí, pero que hasta ahora  no hemos sabido honrar. Entre otras cosas, porque este tema, como muchos otros, quedó envuelto en la retórica de la Guerra Fría.

Esa retórica enmarañó, una y otra vez, durante el siglo pasado la cuestión puertorriqueña, y nos la envió sin resolver al siglo XXI, cuando ninguna forma de colonialismo puede justificarse.

Pero ahora la situación es otra. La Guerra Fría quedó atrás y ya  no tiene por qué contaminar nuestra evaluación del presente y el futuro. Desaparecieron las bases militares extranjeras, uno de los aspectos que afectaban la situación de Puerto Rico ‑‑así como en su tiempo afectaron la de Panamá‑‑. Con el cambio de los tiempos, la Isla del Encanto perdió el interés geopolítico o estratégico que antes se le atribuyó.

En ese contexto, la última resolución del Comité Especial de descolonización de la ONU ha vuelto a señalar que ‑‑cito‑‑ “el pueblo puertorriqueño constituye una nación latinoamericana y caribeña que tiene su propia e inconfundible identidad nacional”. Con base en esta verdad, una vez más dicha resolución llama al gobierno de los Estados Unidos a emprender un proceso dirigido a que el pueblo puertorriqueño recuperar el pleno disfrute de su soberanía.

El gobierno norteamericano ha sido sensible a ese llamado. Hace seis años, gracias a una gestión personal de Rubén Berríos ante la Casa Blanca, el Presidente Clinton creó un Grupo de Trabajo sobre el estatus de Puerto Rico y sus opciones, que posteriormente fue ratificada por el Presidente Bush.

En diciembre pasado, dicho Grupo presidencial dictaminó, finalmente, que el actual estatus puertorriqueño de Estado Libre Asociado es de naturaleza colonial y transitoria. Por consiguiente, estableció que mientras ese estatus persista la Isla debe quedar sujeta a los poderes del Congreso norteamericano, el cual deberá legislar para poner fin, de manera definitiva, a esta situación.

Pero eso tiene otras implicaciones. Mientras que varias instancias norteamericanas ya discuten la pertinencia y el remplazo del régimen puertorriqueño, América Latina y el Caribe todavía están ausentes del debate. Como bien lo recalcan las resoluciones de la ONU, Puerto Rico es una nación latinoamericana y caribeña y, en consecuencia, nosotros ‑‑la gran familia de las naciones latinoamericanas y caribeñas‑‑ no podemos ser indiferentes a esa discusión ni estar ausentes de ella. Por lo contrario, nos corresponde ser parte activa de su adecuada solución.

El encuentro que hoy se inaugura en un paso en esa dirección.

¿Por qué la Internacional Socialista, la COPPPAL y el Partido Independentista Puertorriqueño han preferido celebrar este Congreso aquí en Panamá? Precisamente porque este país es un importante ejemplo de cómo una controversia de origen colonial sí puede resolverse a través de una concertación pactada y de un programa o calendario de descolonización.

Ese ejemplo se lo dieron al mundo los Tratados Torrijos‑Carter, a través de los cuales un conflicto entre una nación pequeña y una gran potencia se pudo resolver de común acuerdo, con el respaldo solidario de los hermanos pueblos de América Latina y el Caribe.

Aunque la actual situación haya tenido determinados responsables históricos, ya no se trata de usar el tema de Puerto Rico para redoblar denuncias antiimperialistas sin resolver el problema de fondo.

Y el problema de fondo es que Puerto Rico es la única nación hispanoamericana que permanece bajo régimen colonial. Para los latinoamericanos, corregir para siempre esta anomalía debe ser una cuestión de principios y una prioridad continental. Lo que toca es acordar lo necesario para materializar el derecho puertorriqueño de constituir una república independiente.

En el siglo XXI, el estatus de la Isla se ha vuelto un problema, tanto para los borinqueños y los norteamericanos, como para América Latina y el Caribe. El declive del la economía productiva de Puerto Rico es consecuencia de esa distorsión y de la eliminación de las bases militares.

 Pero la solución no es plantear ahora la repentina proclamación de una república independiente que no tenga debidamente asegurada su sustentabilidad, ni garantice el bienestar de su pueblo.

Antes bien, de lo que se trata es impulsar un diálogo hemisférico sobre este tema, a fin de concertar cuanto antes un programa de transición que ‑‑de una vez por todas ‑‑ solucione ese problema de manera igualmente digna y eficiente para todos los involucrados. América Latina puede ofrecer sus buenos oficios, alentar ese acuerdo y ser garante del cumplimiento y la sostenibilidad de ese programa.

Queridas amigas y amigos:

Estas son apenas unas ideas en borrador y es a ustedes a quien les toca completar y profundizar en el tema, y construir las propuestas del caso. Hay que dejar atrás el muro de las lamentaciones. La consigna debe ser aportar propuestas realistas para resolver el problema de fondo, y comprometer nuestra solidaridad permanente en ese esfuerzo.

Gracias por venir a Panamá para materializar esa esperanza. Que tengan ustedes unos días felices y provechosos en Panamá.

Muchas gracias.

 

 

****************************************************************************

 

 

Discurso[1] Rubén Berríos Martínez

Presidente Partido Independentista Puertorriqueño

 

Queridos compatriotas latinoamericanos y caribeños:

Los que creemos en la libertad no nos podemos conformar con menos.  Por eso nos reunimos hoy en Panamá bajo el lema “América Latina Unida por la Independencia de Puerto Rico”.

Hace ciento ochenta años el Congreso Anfictiónico convocado por el Libertador Simón Bolívar, se reunió en esta misma ciudad con el propósito de garantizar y completar la independencia de nuestra América.  Hoy estamos aquí en cumplimiento de ese mandato.

En la última parte del siglo 20, Panamá ha sido ejemplo de lo que unidos podemos lograr.  Aquí, un pueblo en lucha por sus derechos, y con el respaldo y la solidaridad de nuestra América, logró lo que hasta entonces parecía imposible: la recuperación de la zona del Canal, un territorio secuestrado por un enclave colonial que le partía en dos su propio corazón.

Los aquí presentes, representantes de toda la América Latina y el Caribe, pertenecientes a las más diversas tendencias ideológicas,  podremos tener diferentes puntos de vista sobre múltiples asuntos, pero a todos nos une la independencia de Puerto Rico.

Porque, cuando se deja a un lado lo coyuntural, lo pasajero, y vemos la historia desde la cúspide de los siglos, Nuestra América la sufrida, es una sola patria; por donde va uno vamos todos.  Tan libre será la América Latina y el Caribe como libre sea Puerto Rico.  La historia de nuestras naciones durante el siglo XX ha sido la de variaciones sobre el tema de la dependencia.  Puerto Rico es sólo su caso extremo.

Hoy, en la época de las nacionalidades y la democracia, y ante el fortalecimiento del respeto propio y la dignidad en nuestro continente, nada más natural que nuestra América –cada vez más dueña de sí misma- reclame a Puerto Rico como lo que siempre ha sido, como uno de los suyos.

Constituye una afrenta a Nuestra América y a la democracia que a la altura del siglo XXI Puerto Rico sea la última gran colonia que queda en el mundo.  La democracia y el colonialismo son antagónicos e incompatibles.  No puede haber democracia cuando las leyes básicas, y la vida misma de un país, son determinadas por un país extranjero.  Una colonia democrática es un absurdo, una contradicción en sí misma.  Una colonia democrática no es otra cosa que una jaula de oropel.

Pero el colonialismo no sólo ofende la democracia y violenta el principio de la igualdad entre los pueblos.  El colonialismo constituye un ultraje contra la dignidad humana. Por eso el derecho a la libre determinación y la independencia es inalienable e irrenunciable y se ha convertido en norma absoluta e irrevocable de derecho internacional. Por eso el colonialismo ha sido proscrito por la humanidad.  Por eso los Estados Unidos está en la obligación de descolonizar a Puerto Rico.

~ ~  ~ ~

Ha llegado el momento de la independencia de Puerto Rico.  La soberanía nacional de mi patria, que hasta ayer no era para muchos más que un reclamo de principios, se convierte hoy en una necesidad imperiosa, en una demanda necesaria para dar a respetar a nuestro continente.  De eso se trata este Congreso.

Durante más de un siglo de colonialismo norteamericano (y antes bajo España), los puertorriqueños hemos luchado por nuestra descolonización y libertad, por todos los medios imaginables.  Pero la desproporción de fuerzas ha sido avasalladora y la coyuntura histórica no ha sido la apropiada.  Baste recordar que nos ha tocado ser colonia del país más poderoso del mundo en lo que se ha llamado el siglo norteamericano.

Pero los puertorriqueños tenemos la perseverancia, el arrojo y el tesón para hacer valer nuestros derechos. ¡Los Estados Unidos podrán tener la fuerza de la fuerza, pero nosotros tenemos la fuerza de la moral!.

Todo lo que somos los puertorriqueños lo hemos hecho nosotros.  Con el sudor y el esfuerzo de nuestros trabajadores, con la técnica de nuestros científicos y profesionales, con la inspiración de nuestros poetas, pintores y escritores; con la música de nuestros compositores y artistas y con el poder de nuestro pensamiento y nuestra imaginación.  ¡No somos más que nadie, pero tampoco menos!

Pero la libertad, como enseñó Martí, hay que pagarla a su justo precio.  Y yo puedo decir con orgullo: los puertorriqueños hemos pagado con creces el precio de la libertad. 

Lo hemos pagado a través de los siglos con el sacrificio de nuestra lucha, con el calvario de nuestros patriotas; desde Betances, Ruiz Belvis y Hostos en el Siglo 19, hasta De Diego, Albizu Campos y Concepción de Gracia en el Siglo 20. Los patriotas puertorriqueños no se han conformado con escribir su protesta, al decir de Darío “sobre las alas de los inmaculados cisnes tan ilustres como Júpiter”.  Han ido más allá; como aquel joven nacionalista, bien nombrado Bolívar Márquez, quien luego de ser herido de muerte por órdenes de los gobernantes norteamericanos junto a más de veinte compañeros desarmados, dejó escrita con su propia sangre sobre una pared la protesta, ¡“Viva la República, abajo los asesinos”!  “Y se le murió el tintero”.

   Y hemos pagado el precio de la libertad con el heroísmo y la constancia de hombres y mujeres como doña Lolita Lebrón y don Rafael Cancel Miranda, quienes cumplieron más de 25 años en prisión por la libertad de su patria y quienes nos honran hoy con su presencia. ¡Perseguidos, arando en el mar, pero siempre combatiendo, irradiando luz, esperanza, optimismo!

Si alguien, por desconocimiento de nuestra historia, tenía alguna duda sobre el arrojo y el tesón de los puertorriqueños en la lucha por su libertad, ahí está Vieques.  Allí, en esa isla borincana, en los albores del Siglo 21, el pueblo puertorriqueño, con su fuerza moral, puso de rodillas a la Marina de Guerra más poderosa del mundo.  ¡Los pusimos de rodilla y los forzamos a salir de nuestro suelo!

         Los puertorriqueños hemos cumplido y seguiremos cumpliendo con nuestra obligación.  Nuestra es la responsabilidad primaria y nuestro es el privilegio de luchar por la independencia de la patria.

~ ~  ~ ~

Pero si a nuestra lucha por la libertad unimos el esfuerzo y la solidaridad militante de nuestros hermanos y hermanas del continente, ¿qué no seremos capaces de lograr?

Habrá quienes piensen que la exigencia de Puerto Rico para superar su condición colonial no es todavía para Estados Unidos un asunto urgente; pero de lo que no cabe la menor duda es de que América Latina es para los Estados Unidos un asunto de la mayor importancia.  Por eso, al quedar la independencia de Puerto Rico inscrita en la agenda permanente de la América Latina y el Caribe, la liberación nacional de mi patria se hace inevitable.

Hoy estamos dando un paso fundamental e imprescindible en esa dirección.  Este Congreso, más que la culminación, debe ser el comienzo de una gesta libertaria continental. América Latina y el Caribe se tienen que convertir en el interlocutor de la independencia de Puerto Rico ante los Estados Unidos y ante el mundo.  De aquí, de este Congreso, tiene que surgir esa determinación y tiene que surgir una agenda, un plan de acción, para hacer realidad la libertad de Puerto Rico.

Ese plan de acción debe incluir desde el reclamo de los parlamentos y gobiernos latinoamericanos y caribeños hasta la constitución de comités de solidaridad en todos los países de nuestro continente.  Tenemos que lograr que las organizaciones sindicales, estudiantiles, culturales, religiosas, cooperativistas, cívicas y de toda índole –desde su liderato hasta sus militantes y miembros- apoyen, difundan y promuevan la lucha por la liberación de Puerto Rico.  Tenemos que lograr que nuestra América, la de carne y hueso conozca y se enamore de la independencia de mi patria.

~ ~  ~ ~

Al luchar por la independencia de Puerto Rico la América Latina y el Caribe no sólo estará cumpliendo con su obligación ética e histórica.  La independencia de Puerto Rico le dará a nuestra América una mayor conciencia de su propia valía y de su propia fuerza.  Pero digo más: me atrevo a avizorar el futuro y prever que la liberación de Puerto Rico muy bien podría ser el detonador que desencadene el proceso para hacer realidad el gran proyecto de Bolívar, La gran patria de patrias. Porque ante todo, los latinoamericanos y caribeños –y no me canso de repetirlo- somos hijos de una misma patria grande y generosa; nos enamoramos con las mismas canciones, nos estremecemos con los mismos poemas, bailamos con los mismos ritmos, nos ilusionamos con las mismas aspiraciones y sufrimos con un mismo corazón. 

En las fiestas nacionales de todas las Repúblicas de América Latina y el Caribe se honra a aquellas generaciones que legaron a las del presente el regalo exquisito de la independencia, requisito indispensable para una vida de plena libertad, justicia y dignidad.  Ninguno de nosotros tuvo el privilegio de participar en aquellas luchas heroicas.  Yo los invito a convertir a nuestra generación en la última generación de libertadores de Nuestra América.  A esa misión los invito.  Vamos a hacer realidad la independencia de mi patria, que es también la de ustedes, la nuestra. 

Los herederos de Hatuey, de Cuauhtémoc, de Atahualpa, de Toussaint, de Hidalgo, de San Martín, de Artigas, de O’ Higgins, de Sucre, de Bolívar, de Duarte, de Juárez, de Martí, de Sandino, y de Pedro Albizu Campos, juntos, no hay reto que no podamos superar ni sueño que no podamos realizar. ¡Viva Nuestra América Unida! ¡Viva Puerto Rico Libre!

 

Rubén Berríos Martínez

18 de noviembre de 2006



[1] Discurso del Presidente del Partido Independentista Puertorriqueño, Rubén Berríos Martínez, en la inauguración del Congreso Latinoamericano y Caribeño por la Independencia de Puerto Rico, en Panamá, el 18 de noviembre de 2006.

Regresar